El carnaval como abrazo de pueblo

Por Camila Gómez – Análisis y Comunicación.

En pleno febrero dentro de una sociedad vertiginosa y agobiante que nos apremia a ser ciudadanos de ninguna parte, cautivados por las pantallas que unifican nuestros deseos y disipan nuestras raíces, el Carnaval se revela como el último gran recreo de la identidad, un oasis en medio del aparente y táctil desierto. Siendo mucho más que una fecha reservada del calendario; se manifiesta como un umbral de resistencia. Nos invita a que nos desabrochemos los perfiles digitales para volver a la espuma, la serpentina y al bombo. Atiborrados de comparsas en cada rincón de nuestro país, el Carnaval no sólo se mira, se deleita y se goza con el cuerpo, recordándonos que, frente a la frialdad de lo global, todavía nos queda la calidez de lo propio: ese dichoso abrazo de pueblo que nos devuelve, aunque sea por unos días, al centro de nuestra propia historia.

El pulso de este célebre jolgorio se remonta a las Saturnales romanas y a las fiestas paganas donde el orden del mundo se aplazaba para que la alegría aflorara sin jerarquías. Del viejo continente cruzó el océano con la conquista, pero al llegar a estas tierras, ese ADN se moldeó con el grito de libertad de los esclavos africanos y la profunda espiritualidad de nuestros pueblos originarios. Fue en ese choque de mundos donde emergió algo nuevo, algo nuestro. Lo que heredamos al ritmo de los pasos sobre el asfalto lo resignificamos en una sinfonía de texturas y pigmentos, sin perder la raíz compartida.

Ese legado es el que hoy nos concede nuestra singularidad local. Nos llama desde el umbral de la memoria a ausentarnos un rato de la plaza digital y desprendernos de nuestras desfiguradas máscaras de filtros para adentrarnos en el ornamental torbellino de plumas y lentejuelas en el que coincidimos y sobrevive al paso de la historia gracias a su imperfección y a su recuerdo. Es la ocasión en que el ciudadano del mundo se retira y le cede el paso al vecino. Bajo la sombra del maquillaje, ya no importa cuántos seguidores tenemos; lo relevante es que somos los herederos de un rito ancestral que forma parte de nuestra identidad y que ninguna tecnología ha logrado domesticar.

Se revela la pertinencia de oír con atención el caudal de melodías embadurnadas de brillantes y esplendorosos trajes, para afluir al llamado de la voz única de nuestra tierra. Un espacio de respiro donde dejamos de consumir el mundo ficcional y pasamos al real, seducidos por el palpitante jolgorio de sentirnos, una vez más, parte de ese abrazo de pueblo que ninguna tecnología podrá jamás reemplazar.